Entre más lejos, más cerca (o la cuarentena como privilegio)

Llevo días pensando en la distancia. Hace unos meses vivía a más de 9,000 kilómetros de distancia de mis padres y amigos. Ahora, vivo a más de 9,000 kilómetros de distancia de mis nuevas amigas y de la familia que hice mientras viajaba.


Sin embargo, me siento igual de cerca de todos. Bueno, no de mis padres, que los tengo al lado. Sino de mis amistades. Tanto en Francia como en México, esta cuarentena y distanciamiento obligado, nos ha hecho comunicarnos a todos de la misma manera.


Salvo por el aspecto físico, y vaya que extraño los abrazos entrañables de mis amigas, o las caricias de cierta persona, y sobre todo escuchar sus risas en tiempo real, estoy más comunicada que nunca.


Gracias a la cuarentena estoy en casa. Gracias a la cuarentena volví a mi club de lectura en París y participó de un club de cine en Montevideo (ciudad que no conozco). Mujeres que admiraba de lejos y a las que me apena à hablarles mucho se han convertido en mis amigas a fuerza de videollamadas y enviarnos nudes.


Pero con la cuarentena, lo que más disfruto es estar en México y no vivir acoso. No lo vivo porque estoy en mi casa y soy de esas mujeres afortunadas que no tienen a un hombre violento en su espacio. (Las denuncias por violencia doméstica y los casos de feminicidios se han disparado en el mes que llevamos encerrados).


El espacio privado en México no es garantía de seguridad, pero en mi casa sí lo es. Tengo la ventaja de encontrarme segura, tranquila, alimentada. Sin temor de nada más allá del bicho o salir a hacer compras. Estoy en una burbuja que nunca había experimentado en México y que está atada por completo a la cuarentena.


El espacio público en México… Ya lo sabemos, ya lo he escrito yo. Aquí la tierra está llena de sangre y cuando salga a la calle se pegará a mis zapatos. Me acompañará a casa y se meterá a mi espacio, entonces será inescapable. La verdad es que tengo miedo de ese momento, cuando me toque salir en pleno verano y cualquier prenda, cualquier movimiento, sea motivo de esas miradas a las que ya no estoy acostumbrada.


Pero ser acosada es como andar en bici. No se me olvida la primera vez que fui consciente de ser acosada a los 11 años y cuando pienso en el metro (que tanto aparece en mis sueños como espacio seguro), recuerdo las miradas que acompañan el camino, los silbidos, los comentarios y el miedo.


Entonces, la cuarentena la vivo como alivio. Me da miedo salir y volver a la normalidad, porque ya sabemos cómo es esa normalidad (la que muchas mujeres siguen viviendo, la que muchas mujeres no han podido escapar).


Quizás exagero, quizás no es así, quizás son solo recuerdos traumáticos que se vuelven más poderosos con el paso del tiempo. Pero en lo que me entero de si es así o no, todavía no quiero salir de casa.


Y volviendo a la idea inicial: tampoco quiero dejar de estar tan comunicada con mis amistades. Ojalá eso no se termine cuando volvamos a la normalidad.


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